Centros de datos: el boom mundial que ahora preocupa a vecinos de Raleigh

Cada vez que buscas algo en Google, guardas una foto en la nube o le haces una pregunta a ChatGPT, en algún lugar del mundo hay computadoras trabajando para ti.
Y no, no están realmente en una “nube”.
Están dentro de enormes edificios llenos de servidores conocidos como centros de datos.
Durante años probablemente no tenías demasiados motivos para pensar en ellos. Pero el crecimiento explosivo de la inteligencia artificial está provocando una carrera para construir más y más centros de datos.
Y esa carrera también está encendiendo muchísimas alarmas en todo el mundo.
¿Por qué?
Porque la inteligencia artificial necesita una gran capacidad de procesamiento. Y para mantener miles de computadoras funcionando las 24 horas, los centros de datos pueden necesitar cantidades enormes de electricidad y de agua, que generan contaminación y calor.
Por eso, hay una pregunta que cada vez más comunidades se están haciendo:
¿Quién paga el costo de toda esa infraestructura?
Porque los centros de datos tienen que construirse en algún lugar. Necesitan terreno. Necesitan conectarse a la red eléctrica. Necesitan refrigeración. Pueden generar ruido. Y toda esa demanda puede ejercer presión sobre la infraestructura y los recursos de las comunidades donde se instalan.
¿Por qué la discusión mundial llegó a Raleigh?
La empresa RadiusDC quiere desarrollar un centro de datos en un terreno de casi 14 acres en Jones Sausage Road, en el sureste de la ciudad.
La propuesta generó oposición de vecinos y organizaciones comunitarias. La empresa terminó retirando su solicitud de anexión, pero mantiene una opción de compra sobre el terreno.
¿Y qué preocupa a los vecinos?
El consumo de electricidad y agua, el ruido de los equipos de refrigeración y los generadores de emergencia, los posibles impactos ambientales y, sobre todo, qué significaría instalar una infraestructura de esta magnitud cerca de zonas residenciales.
Y hay otra preocupación crucial: la contaminación y el calor. Los centros de datos producen calor constantemente y necesitan expulsarlo para evitar que sus servidores se sobrecalienten. Parte de ese calor puede terminar en el ambiente y contribuir al calentamiento local, algo especialmente importante en ciudades que ya sufren el llamado efecto de isla de calor urbana: zonas con mucho asfalto, edificios y poca vegetación que pueden ser considerablemente más calientes que sus alrededores.
Por eso la pregunta no es solamente cuánta electricidad o agua puede consumir un centro de datos: también importa qué significa tener una instalación que genera y expulsa calor las 24 horas cerca de los lugares donde vive la gente.
También importa dónde se propone construirlo.
El proyecto estaría en el sureste de Raleigh, en una zona donde viven comunidades afroamericanas y latinas. Organizaciones que se oponen al proyecto sostienen que estas comunidades podrían terminar soportando una parte desproporcionada de sus impactos.
La pregunta es bastante razonable: ¿no sería mejor establecer las reglas antes de permitir que esta industria siga expandiéndose en la ciudad?
Por ahora, Raleigh está considerando pisar el freno.
La alcaldesa Janet Cowell pidió preparar una moratoria de seis meses para nuevos centros de datos. Una moratoria no significa prohibirlos para siempre. Significa hacer una pausa temporal mientras la ciudad estudia sus posibles impactos y decide qué reglas deberían existir.
El Concejo Municipal tiene previsto realizar una audiencia pública sobre esa posible moratoria el 6 de octubre.
¿Y cómo podría afectarte todo esto si vives en Raleigh?
Incluso si jamás utilizas ChatGPT y la inteligencia artificial te importa bastante poco, esta discusión sí puede importarte.
Estamos hablando de contaminación y aumento de la temperatura.También de cómo se utiliza la electricidad y el agua de una ciudad, qué infraestructura se construye cerca de los vecindarios y qué protecciones existen para las personas que viven allí.
En Raleigh, esta discusión ya comenzó.
Nuestra reportera Emilia Rivadeneira investigó el proyecto, habló con especialistas y siguió la presión de vecinos y organizaciones para conseguir una moratoria.
